Leopoldo María Panero

By mayo 2, 2019Sin categoría

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Sueño 844

Leopoldo María Panero

“…LA ÚNICA REVOLUCIÓN QUE EXISTE ES LA LOCURA…”

«…La única revolución que existe es la Locura
A la que Lacan llamara «subversión del sujeto»
Y Freud es un pedo sobre la página
Siempre en blanco, siempre recomenzada, como el mar
Como el océano en vano de la vida
Como una serpiente sobre el papel
Como el abanico de Lady Windermer
Moviéndose sobre la nada
Oh señorío de la nada y del viento
Que agita levemente las páginas del poema
Y las transforma en viento y en nada
Porque el único señorío es el señorío del papel…»
 Leopoldo María Panero. Poesía XXVI. Página 429

Bibliografía selecta y material de prensa: presentación, notas y cronología

«No me abandonéis, no me abandonéis». Y Leopoldo, llorando, arrastrado por dos celadores hercúleos, escaleras arriba, iba perdiéndose (su cuerpo flaco, descamisado, despeinado, la baba colgando de aquella mandíbula sobresaliente) ante el estupor de otros internos del psiquiátrico de Mondragón. Leopoldo, hijo de poeta, sobrino de poeta, hermano de poeta. Poeta él mismo por la gracia más del Diablo que de Dios. Su madre, Felicidad Blanc, lo dijo en aquel retrato feroz en blanco y negro que filmó Jaime Chávarri en ‘El desencanto’: no sabía qué hacer con él. Y permitió que lo encerraran. Y allí le dieron electroshocks. Fue su remedio contra las primeras incursiones en la noche de la droga. Ya nunca fue el mismo. O ya siguió siendo el Peter Pan de nuestra poesía para siempre. Era nuestro maldito. Lo veías venir por Malasaña, al fondo de la calle, titubeante, de una acera a otra, en el asfalto plateado por la luna tras una lluvia nocturna de otoño, y su figura se iba irguiendo hasta que se paraba frente a ti, con la boca abierta, taladrándote con esos ojos turbios de quien lo ha perdido todo, de quien no tiene a nadie. Lo echaban de los bares, se reían de él en su cara, le daban la espalda, pero como un perro sumiso acostumbrado al desprecio, ofrecía la palma de la mano. Y se iba encorvado, la boca abierta (siempre la boca abierta, para siempre ya desdentado), hacia el límite de la nada.

https://www.youtube.com/watch?v=_S2qHehFCcg

Para sacarlo de Mondragón tenías que firmar unos papeles haciéndote responsable de su persona. Y tú firmabas temblando, trémulo, asustado. Y empezaba aquel rosario de «quiero una coca-cola, quiero otro cigarrillo, no quiero comer, ya hemos comido dentro,¿sabéis que me persiguen los de Cristo Rey? ¡Ay, las orgías de la muerte!». Fuimos a un restaurante y se empeñó, como un niño, en que Carlos Miralles lo fotografiara con un cuchillo en la mano. Salimos a la calle y posó con ese puñal de carnicero delante de la salida de coches de un edificio. En ese instante se abrió la puerta y Leopoldo se giró, cuchillo de carnicero en ristre, y surgió del conductor el grito de quien se topa con el infierno. Y Leopoldo -con un abrigo desmadejado, sin afeitar, el pelo alborotado y la boca babeante- soltó una carcajada. Ya no sé si quería un rodaballo o nécoras. Quería eso y sólo eso. Y no había ese día en ningún restaurante de Mondragón el capricho de Leopoldo. Pactamos ir a ver el mar, y allí, tras más de 15 coca-colas (contadas), Leopoldo escribió un poema tras otro en una cafetería. Y luego nos acercamos al Peine de los Vientos, las manos en los bolsillos, lanzando a las aguas un poema aquí y otro allá, desbocado como un corzo herido, acorralado.La vuelta fue peor. No quería volver. Y mientras fumaba, y entre risotadas huecas, decía… de todo. «Mira, con ese conductor de Pollos Olloqui estuve el otro día por 20 duros». Y luego salía el tema de la familia, de Lacan, de los psiquiatras, del terrorismo. Y otra risotada que no cabía no ya en el coche sino en todo el valle que se iba ensombreciendo. Ay, Leopoldo. Aquel que tiraba la cartera nada más salía del Liceo Italiano, el amigo de Ana Moix, de Pere Gimferrer, de aquella Barcelona en que decía que fue el único periodo en el que se sintió feliz. Ese Leopoldo que dirigió a un grupo de manifestantes perseguidos por la policía a un callejón sin salida cerca de Cuatro Caminos y acabaron todos en comisaría, claro. Incorregible, harto, fiel a sí mismo y a la imagen que se esperaba de él. Todos quisimos ser Leopoldo pero Leopoldo sólo hay uno. Enorme, como su risa.

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